Crónica Templaria en Caravaca

La mañana del día dos de Mayo del año cincuenta y nueve lanza a las calles de Caravaca a un grupo de amigos, que, casi con tanto valor como vergüenza, y enfundados en trajes de cristiano, intenta hacer realidad la idea que meses antes se gestaba en las cabezas de muchos: acabar con la vieja costumbre de pagar a gente para que realizara el festejo en honor de nuestra Patrona, encontrando así una nueva manera de honrar a nuestra Cruz. De esta forma, diez soñadores, junto a un grupo de arqueros, acompañaban a los Reyes y a su corte en lo que eran los primeros vislumbres del Bando Cristiano, los primeros pasos de la renovación de las fiestas.

Apenas un mes antes, y en el seno de la Cofradía de los Azules, se había lanzado el reto; y dos grupos de jóvenes -y alguno no tan joven- aceptan el desafío. Unos se hacen moros, otros cristianos; decidiendo éstos últimos adoptar la denominación de “Templarios” por la repercusión que dicha orden de caballería tuvo en éstas tierras allá por el siglo XIII. Con toda rapidez se encargan a la prestigiosa firma madrileña “Cornejo” la confección de los trajes: color gris, con cruz de único brazo en el pecho de color azul, al igual que los remaches, y capa roja. Se alquilan unos cascos, y se busca al herrero del pueblo para que prepare las lanzas, insignias templarias que aún perduran. Y cerrando el desfile cristiano, acompañados de la banda de tambores de Calasparra, se lanzan a la calle llenos de sueños, llenos de ilusión, en lo que sería la semilla de estos cuarenta años de fiesta. Algunos de estos diez fundadores de la Soberana Orden del Temple hoy nos ven desfilar desde el cielo: son los recordados Rosendo López Bolt, Cristóbal Díaz Azorín y Pedro López Guerrero; otros, incombustibles, siguen codo a codo con nosotros: Ramón García Alvarez, Juan Miguel Guerrero López y José Joaquín Sánchez Rodríguez; otros nos siguen con el recuerdo, desde la distancia: José Marín Giménez, Manuel Marín Fuentes, José Robles Sabatell y Francisco Olivares. Cerca de ellos, aquel día formaron la corte de los reyes cristianos dos futuros Templarios, Juan Olivares y nuestro añorado Adrián Caparrós Molina, quienes se integrarían poco después al grupo.

Y fue un éxito. La gente acogió tan de buen grado la idea que muchos deciden fundar nuevos grupos, y el nueve de Mayo del mismo año, en la casa de Manuel Hervás, los templarios junto al otro grupo precursor de la fiesta, los Arqueros, fundan el Bando Cristiano, en el que inmediatamente se crean dos grupos más: Aragoneses y Santiaguistas -de donde años mas tarde varios de sus miembros como Adrián Caparrós Molina, Pedro San Nicolás, Antonio Martínez-Iglesias Reina y José Alvarez Rodríguez, entre otros, pasarían a engrosar nuestras filas teniendo un papel destacado en el grupo-.

La idea de hacer fiesta, de crear nuevos grupos y nuevas ideas, se extiende como un reguero de pólvora por todo el pueblo. Crece el número de moros, el de cristianos, y por supuesto el de templarios, cuyo numero se amplía a veinte. Dentro de su seno, nacen nuevos subgrupos: el de la Bandera de Caravaca, alabaderos, banda de cornetas y tambores…

Desde los comienzos, toma las riendas del grupo, desde la presidencia, Rosendo López Bolt, “Rudesindo, Duque de Bolt”, convirtiéndose en el primer Gran Maestre de la Soberana Orden del Temple. (Figura ésta también recuperada de la historia, por ser el tratamiento que se le daba al superior de la orden.) El llorado Rosendo, desde los primeros momentos, sería el principal punto de referencia en los templarios. Trabajador incansable, dedicaba las veinticinco horas de su día a hacer fiesta, a idear el festejo, a “pensar en templario”. De su fértil mente nace la idea de crear el grupo de la Bandera de Caravaca. Y así, acompañado por otros dos ilustres templarios, Cristóbal Díaz y José Antonio Ruzafa -que ingresaría en el grupo después de la primera salida de 1959, convirtiéndose casi desde el principio en pilar indispensable-, durante una noche del ya lejano 1960, toman “prestado” del balcón del Ayuntamiento el pendón municipal que encarna la bandera de nuestra ciudad, donde se hallaba expuesto con motivo del día de la provincia, y la llevan a casa de prestigiosas bordadoras para copiarla, y reintegrarla rápidamente a su lugar de origen. Tras meses de arduo trabajo queda confeccionada la nueva Bandera. Para sufragar su gasto, José Antonio Ruzafa y Rosendo recorren por las tardes todas las escuelas del pueblo con un proyector de cine con el fin de recaudar dinero. De esta forma nace en el seno de la Orden del Temple el subgrupo de la Bandera de Caravaca que capiteneará Salvador Andreu Ruiz, y que posteriormente, tras independizarse del grupo, acabaría tristemente desapareciendo de los desfiles.

Para la segunda salida a la calle, en el año 1960, incrementado ya el número de templarios hasta la veintena, se encargará a Eduardo Caparrós, sastre caravaqueño, la confección de nuevos trajes. Y tres años después se produce la primera variación nuestro vestuario: esta vez los trajes consistirán en un sayal blanco y negro con la cruz templaria en el pecho, y con el dibujo de una salamandra verde en su espalda, y, al igual que los primeros, se financiarán con los fondos recaudados de las tómbolas organizadas por el Bando. Y, aún así, a pesar de las facilidades que se le daban a la gente para disfrutar la fiesta con el menor coste posible -pues tanto trajes como música se pagaban de las tómbolas-, en los años posteriores se producen varias bajas. Las raíces del festejo todavía no han arraigado con fuerza, y solo un grupo minoritario las entiende y disfruta de verdad. Es aquí cuando surge con fuerza la mano firme y la mente viva de Rosendo, y gracias a su “insistencia” se unen nuevos miembros al grupo, debiendo destacar, por su número, a los llegados de la casi extinguida Orden de Caballeros de Santiago, hoy felizmente recuperada. También, para incorporar a la gente joven en la fiesta, se crean los subgrupos de alabarderos y alabarderas, que en sus inicios serían empujados por José Antonio Ruzafa, al igual que los grupos infantiles de los que se encargaría Andrés López Auguy desde su incorporación al grupo en 1964.

Mención aparte se debe hacer de la figura de Andrés, pues desde su ingreso se convertiría en apoyo constante de todos sus presidentes, y trabajador incansable por la fiesta, no solo en el grupo sino colaborando en el Bando, como vocal de la Undef, o también en Comisión de Festejos, de la que sería su Secretario varios años, y alcanzado la cúspide de su carrera festera durante los años 1990, 1991 y 1992, en los que ocupó el lugar más importante de nuestro escalafón festero, el cargo de Hermano Mayor de la Real Ilustre Cofradía de la Santíma y Vera-Cruz. Andrés será el gran impulsor tanto de las actividades que fortalecerán tanto la economía del grupo como la del Bando, y más tarde de la Comisión de Festejos, organizando tómbolas y boletos, venta de tribunas; gran parte de “culpa” tendrá Andrés del esplendor del refugio templario de finales de la década de los setenta. Desde entonces hasta ahora la voz del Gran Cacique de los Templarios no dejará de oírse tanto en los círculos templarios como en otros cónclaves festeros.

Retomando el hilo de nuestra historia, hemos de recordar ahora otras dos características de nuestro grupo: la figura del Abanderado Templario y la creación de un traje que nos identificaría desde entonces hasta ahora, el sayo heráldico.

Durante estos primeros años se crea la figura del Abanderado, caballero templario encargado de portar el “Baucán” -nombre de nuestra bandera-, y que inicialmente encarnaría José Robles Sabatell en el mandato de Rosendo; con posterioridad, el “Baucán” fue portado por Cayetano Talavera, Alfonso Giménez -padre de uno de nuestros Grandes Maestres-, y Gregorio Piñero Sáez ya en la década de los setenta. Hasta que, a mediados de los años ochenta, se confecciona en la casa del siempre laborioso Adrián Caparrós Molina nuestro anterior “Baucán”, siendo su hijo, Paco Caparrós Fernández, quién desde entonces ostente el honor de ser nuestro Alférez.

Como antes indicábamos, a finales de la década de los sesenta, un hecho importante vendría a determinar desde entonces hasta ahora una de las grandes señas de identidad del grupo Templario: nuestro traje heráldico. Desde el primer momento a todos gustó la idea de llevar trajes iguales en la confección y distintos en el colorido, que dependerá de los apellidos heráldicos de cada componente. Igualmente, de la mente de Perico el Alto surge la idea y de su pluma los primeros bocetos del nuevo traje; a éste, se le añadirá una capa de brocado dorado y un escudo heráldico en chapa, y que, años más tarde y de forma temporal, fue sustituido por uno blanco y negro, con nuestra cruz roja en su centro. En sus treinta años de vida, el traje heráldico ha sufrido algunas modificaciones: se cambiaron los terciopelos, las figuras heráldicas se bordaron, el casco fue reformado varias veces, se le añadieron plumas, pero en definitiva, no deja de ser el colorido y belleza del traje nuestra identificación festera durante los desfiles. A la par que el traje heráldico, llega a las fiestas la música, casi como la conocemos hoy en día. Atrás quedan ya las marchas militares que hasta entonces nos habían cuidado en los desfiles. Y mientras que el grupo infantil es acompañado por la Banda del también recordado José María Ruiz, el grupo principal desfila con de la Banda de Música de Caravaca, que, salvo algunas excepciones suplidas por las bandas de otros pueblos cercanos, nos acompañará hasta 1983. A partir de ese momento, hará su aparición entre nosotros la Banda de la localidad valenciana de Chella. Desde entonces nunca ha faltado a la cita que con los Templarios tiene el día uno de mayo, y cuya labor le fue reconocida con motivo de nuestro XXXV Aniversario, en 1993.

También, dentro de esta fructífera época que fueron los últimos años de la década de los sesenta, cabe celebrar otro hecho destacado en la historia de nuestras fiestas: a iniciativa y con la colaboración de un gran festero, José Antonio Martínez “El Jata”, la Orden del Temple saca a la calle durante la mañana del dos de mayo el “Caballo Histórico”, cargado de pellejos de vino, rememorando así el hecho del nacimiento de la Fiesta de los Caballos del Vino. Por la noche, este mismo grupo de caballistas se convierten en el subgrupo de los Ballesteros, que durante varios años desfilarían en nuestras fiestas. Con el tiempo, ambos subgrupos, caballo Histórico y Ballesteros, se independizarían.

Durante toda esta época, recordada con gran cariño por los primeros templarios, son frecuentes las continuas reuniones informales delante de una buena cena en el Patio Andaluz, donde surgen las primeras ideas, se presentan los primeros trajes, se solucionan los primeros problemas… De estas reuniones también saldrán los camelísticos títulos nobiliarios que a cada uno acompañaran durante su estancia en la Orden. Eran tiempos felices, plenos de ilusión. Eran días de inventar y de crear. Agudizando el ingenio nacen los humorísticos “Partes de Guerra”, que desde la emisora local -a falta de la moderna televisión, era el único medio de comunicación que llegaba a todos- se lanzan al enemigo sarraceno, citándolo a números escarceos nocturnos en la confluencia del camino del Huerto con los Andenes donde en las tardes-noches del mes de abril se ensayaban los desfiles.

Pero durante estos años los Templarios no se limitarían solo a luchar para sacar adelante su grupo. En los duros comienzos de la fiesta, los templarios serán también los principales impulsores del Bando Cristiano. Desde su fundación, fueron engrosando sucesivas juntas directivas, aportando presidentes, ofreciendo reyes y reinas, trabajando para financiar a los grupos, diseñando sus trajes de la mano de Perico el Alto…casi se confundían las juntas directivas de unos y otros. No importaba, fuera a través del grupo fuera a través del Bando, el objetivo único estaba claro: engrandecer el festejo. Así, en los duros comienzos de la fiesta, templarios como Cristóbal Díaz o Pedro San Nicolás, serían Presidentes de nuestro Bando, arropados en todo momento por Pedro López Guerrero y José Antonio Ruzafa, eternos, casi, en sus respectivos cargos de Tesorero y Secretario. Ya, en décadas posteriores, otros templarios ocuparían el cargo de presidente en distintas etapas: Mariano Tudela, Luis García Martínez -que compaginó este cargo con el de Gran Maestre-, Mariano Rigabert, Antonio Martínez-Iglesias o Juan Miguel Guerrero en dos etapas, también acaudillarían las tropas cristianas; más recientemente, Juan José Avilés de Torres y Adrián Caparrós Fernández, también encabezarían nuestro Bando. Y cerca de todos ellos, acompañándolos, se encontraba una infinidad de templarios que desde el primer momento engrosarían sus distintas juntas directivas o trabajarían en el lado oscuro de la fiesta, para hacer que cualquier actividad llegara a buen puerto. Muestra también de la colaboración del Temple con nuestro Bando serán los reyes y reinas que desde nuestras filas han guiado a las huestes cristianas en la lucha contra el sarraceno: el primero sería José Alvarez Rodríguez, en 1966; después fue Pedro Mora Góngora, y más recientemente, Adrián Caparrós Fernández, Luis García-Serrano Tomas y José López Sánchez, encarnarían el papel del Rey Fernando III.

A varios de estos reyes acompañarían en algunas ocasiones damas salidas de nuestras filas, luciendo con brillantez el papel de Beatriz de Suavia. Marisol Zamora, la primera reina cristiana de nuestras fiestas saldría de nuestro seno, aupada por su padre, el doctor Alfonso Zamora; ya en tiempos más recientes, tres integrantes del actual Grupo Femenino Templario también tendrían el honor de reinar sobre nuestro Bando: Anastasia Martí, Beatriz García-Esteller, y Solaina Navarro.

Poco antes de finalizar la década de los sesenta, se produce en la Soberana Orden del Temple el primero de los escasos relevos que durante éstos cuarenta años alterarán la presidencia. Rosendo se desplaza a Madrid, por motivos laborales, y su cargo lo ocupará Luis García Martínez, popularmente conocido por Luis “el de la Seat”, y que desde entonces se conocería en nuestras filas como “Ludovico, Duque de Tapabuxeros”. A la vuelta de Rosendo de Madrid, el nuevo Gran Maestre lo nombra Maestro de Novicios, y será este quien se encargue de la presentación de los nuevos profesos.

Luis se había incorporado al grupo dos años después de su fundación, en 1.961. Tras colaborar profundamente en la etapa en que Rosendo dirige el grupo, le llega la hora de reemplazarlo. Duro será continuar con la labor emprendida por alguien tan querido y apreciado en el Temple, pero Luis conseguirá a base de tesón y generoso esfuerzo llevar a buen puerto la nave templaria, siempre respaldado por el resto del grupo, Rosendo incluido. Y así, los Templarios encaran los años setenta con gran ilusión, imponiéndose el desafío de hacer algo más difícil que crear: consolidar lo creado.

En lo que a vestuario se refiere, y de la mano como siempre de Perico el Alto, Conde de Vera-Cruz – y mas tarde nombrado, con gran cariño, Marqués de Reaños -, se realizan mejoras en el traje heráldico, esta vez con mejores terciopelos y apliques bordados de las distintas armas heráldicas sobre el color del traje. Aunque, durante algunos años, los que van entre el primitivo traje heráldico hasta el nuevo ya reformado, a principios de los años setenta, vestiríamos otro traje muy apreciado también por los militantes templarios, el sayo negro y blanco – precursor de nuestra actual capa -, acompañado de un escudo de cuero, capa azul y el famoso casco plano que se asemejaba a una merendera.

En los años de 1.974, 1.975 y 1.976, los Templarios darían una vez más muestra de que el aspecto cultural es inherente al festejo, y aprovechando que la Comisión de Festejos no saca a la calle su tradicional Revista de las Fiestas, la Orden del Temple se pone a trabajar, y de la mano directora de Andrés López Auguy se imprimen los números 1, 2 y 3 de la revista “Templario”, precursora de lo que hoy, lector, tienes en las manos, y que durante esos años sería el vehículo de comunicación templario en el que se plasmaría buena parte de nuestra historia.

Pero, sin duda alguna, el hecho que más esplendor da a la Soberana Orden del Temple en la década de los setenta, será su gran refugio. Perico el Alto será el encargado de la decoración y Andrés dirigirá las actividades económicas necesarias para financiar las actuaciones musicales que atraerían a la gente. Y así, gracias a la venta de las tribunas durante los desfiles – que hacían que los templarios acabasen de “trabajar” para ponerse a desfilar- se consigue traer artistas de gran renombre. En el año 1.975 el primer refugio se ubicaría en una esquina del edificio conocido como “Los Maestros”, donde se desayuna y se toman aperitivos. Hasta que al año siguiente se traslada a los locales de la “Seat”, en la carretera de Granada. Luis sacrifica esos días su exposición de vehículos y cede el local para ubicar en él nuestro refugio. Aquí se celebrarían las mejoras galas, y especialmente recordado sería el año 1.979 en el que actuaron artistas tan prestigiosos entonces como Karina o Los Tres Sudamericanos.

Y como seguía siendo costumbre, el grupo lo pagaba todo. Desde los trajes, hasta las actuaciones, incluso existía barra libre. Las actividades realizadas para estos fines consiguen que los ejercicios económicos fueran inmejorables. Esto hace que todo el mundo desee entrar al refugio, y dado los problemas de aforo y barra se limita el acceso a los templarios y a sus socios protectores, con lo cual el número de éstos últimos aumenta considerablemente.

Antes, el refugio se ubicó en la calle Andenes, donde se celebraría el XX Aniversario del grupo; con posterioridad a los locales de la “Seat”, se trasladaría, situándose sucesivamente en las calles de República Argentina y Cartagena, ya a inicios de los años ochenta.

Pero por desgracia, no todo serían días maravillosos en esta década. En el año 1.978 los Templarios sufrirían el primer gran revés anímico: Rosendo fallecía repentinamente el 13 de junio. Pocos días después de ver como el grupo celebrara su XX Aniversario nos cambiaría por un sitio en el cielo. Los Templarios, en recuerdo suyo, dejarían vacante durante un año el cargo de Gran Maestre, y le otorgarían para siempre el carnet número uno del grupo. Como bien escribiría Ruzafa de él “todo se hubiera venido abajo sin él. Hoy somos lo que nuestro querido y no olvidado Rosendo siempre deseó que fuésemos”.

Tristemente, durante los veinte años posteriores a su desaparición, mas templarios le seguirían: Cristóbal Díaz fue el primero; en 1.991 nos dejaría Pedro San Nicolás, y más recientemente Perico el Alto en 1.994 -precisamente se marchó en la mañana del día cuatro de mayo, su día más querido- y Adrián Caparrós Molina en 1.996. En memoria de todos los templarios que nos dejaron, el grupo comenzó a celebrar en 1.985 una misa en homenaje a ellos el primero de los domingos posteriores a las fiestas de mayo, acto que fue precursor de lo que hoy es la Misa por los Cofrades Difuntos que organiza nuestra Cofradía.

Transcurrido el año en que quedaría vacante la presidencia en memoria de Rosendo, Rafael Fortis Oliver se hará cargo del grupo. Rafael había llegado a Caravaca en 1968 procedente de su Alcoy natal; gran conocedor del festejo de moros y cristianos, pues hasta 1.973 desfilaría con los “infieles” de la comparsa “Marrakesh”, poco a poco se integraría en el ambiente caravaqueño, hasta convertirse en el gran festero que hoy en día es. Corría el año 1.974, cuando, casi “engañado” por Ruzafa para comprar una papeleta para la rifa del Bando Cristiano, la suerte le sonríe siendo agraciado con el piso sorteado, y así entra en contacto con los Templarios, a cuyas filas se incorpora al año siguiente, quedando asombrado por la acogida que se le brinda. Y en 1.979, aupado por sus compañeros es nombrado Gran Maestre, y desde entonces se le conocerá en el Temple por “Raphael, Duque D’Amper”.

Una de las cosas que más asombró al nuevo presidente fue que al entrar en el grupo éste le regalara su traje y el de su hijo, y él no aportara dinero a cambio, ya que las fiestas aún seguían pagándose de las rifas y tómbolas. Y para potenciar aún más el grupo, de Rafael surge la idea de pagar las primeras cuotas, que serían unas tres mil pesetas anuales. Este dinero venía como agua de mayo al grupo, pues, junto con el que repartía el Bando y la venta de las tribunas se conseguirían traer al refugio las atracciones que antes hemos recordado.

Unido al ya mencionado esplendor del refugio de los últimos años de la década de los setenta, el grupo comenzaría a realizar las primeras cenas medievales, que tanto han caracterizado al Temple desde entonces. Ideadas por Rosendo, no llegó a disfrutarlas, pero sus sucesores hicieron que se convirtieran en uno de los actos mas esperados por los festeros. La primera cena medieval se llevó a cabo en el Instituto de Bachillerato, aprovechando sus cocinas y salones, con la colaboración de uno de nuestros socios protectores, Rafael Pí Belda.

Más tarde, el escenario cambiaría de lugar para hacerlas inolvidables: el patio de armas del Castillo.

Aparte de las cenas medievales, el grupo también mostrará sus ganas de reunirse y compartir momentos de fiesta celebrando durante varios años nuestro Baile de Carnaval. Posteriormente, Juan Miguel Guerrero lo organizaría para el Bando Cristiano.

Los inicios de la década de los ochenta no fueron todo lo brillantes que el grupo hubiese deseado. Aunque el Temple sigue mantenimiento viva su peculiar forma de entender la fiesta, caracterizada en sus desfiles, su vestuario o su refugio, con el paso del tiempo lo cristiano ya no atrae tanto como antaño, y la gran avalancha de gente joven que se incorpora al festejo prefiere introducirse en las cábilas moras, con lo cual, el número de miembros – especialmente de gente joven- que se incorpora al grupo es escaso. Esto, unido a las varias bajas que se producen en el grupo, de personas que no conciben la idea de salir en las fiestas pagando una cuota, hará que el número de militantes disminuya y la media de edad aumente.

Tampoco ayuda a solucionar el problema el ambiente del Refugio – que en esta época se ubica en los actuales locales de la peña Campeón, en la calle Cartagena-, pues, por culpa de la inercia de la fiesta, ha perdido parte del antiguo esplendor: las actuaciones se han encarecido y ya existen muchos más lugares donde pasar la noche debido a que los moros empiezan a crear también sus propios refugios.

Por aquel entonces, casi un recién llegado al Temple toma el mando: Juan José Avilés de Torres, Duque de las Torres de Avilés, es nombrado Gran Maestre. Llegado a Caravaca desde Madrid por motivos profesionales, se incorpora al grupo de la mano de Andrés a comienzos de la década de los ochenta, como socio protector, incorporándose a filas en 1.982. Y dos años más tarde, en 1.984, toma el relevo de Rafael Fortis en la presidencia. Con él, un nutrido grupo de gente joven se incorpora a la Junta Directiva, aportando nuevas ideas y relanzadas ilusiones. Son los comienzos del trabajo de nuestra segunda generación, del relevo de los primeros Templarios. Transcurridos veinticinco años la sucesión se está gestando.

En esta época el grupo templario, aún manteniendo una base importante, se encuentra en la necesidad de impulsar una renovación que le consolide. El principal objetivo será poner remedio al envejecimiento del grupo. Urge incorporar gente joven. Se realizan rifas y tómbolas, se venden las sillas de las tribunas, se saca el dinero de donde no lo hay, y, tras muchos esfuerzos se consigue costear el traje a un nutrido grupo de estudiantes, que llenos de ilusión se unen a nuestras filas. A ellos se les facilita al máximo su incorporación a la fiesta. Desde entonces, en los templarios se distinguirán dos tipos de militancia, dependiendo de la edad: la Milicia Mayor, formada por los veteranos y que asume la mayor parte del peso económico, y la Milicia Joven con unas cuotas asequibles; pero todos ellos con unos mismos derechos y obligaciones. Esto hará que, desde entonces hasta ahora, no cese el goteo de nuevos miembros en el Temple.

Pero no bastaba con incorporar nueva gente al grupo, había que saber transmitirles la forma que el Temple ha tenido siempre de entender la fiesta, que se sintieran orgullosos de ser templarios. Y no era labor fácil, puesto que la forma de entender la fiesta, lógicamente, varía mucho en función de la edad. Es aquí cuando comienza una importante tarea por parte de gente como Gonzalo López-Auguy Torres, Paco Guerrero, Manuel Alfonso Guerrero Zamora, Basilio Piñero – eterno abanderado del Bando Cristiano, cuya bandera con orgullo porta entre nuestras filas -, Rafael Fortis o el mismo Juan José Avilés, quienes por encontrarse más cercanos por edad asumen el papel integrador de los nuevos militantes.

Y aquí se inicia un nuevo despegue del grupo templario que no ha terminado aún. Comienza una nueva etapa fructífera, llena de trabajo e ilusión: se aumenta el vestuario festero con la incorporación de una prenda que nos representará durante todas las fiestas, el Balandrán, ideado y diseñado por Juan José Avilés y Perico el Alto; de un socio protector, Juan Marín Fuentes, sería la idea de desplazarse hasta Bullas y traerse los primeros jamones que dieron nombre a la merienda del día uno de mayo; se empieza a subir al cementerio el primer domingo tras las fiestas para llevar flores a los compañeros fallecidos. También es la época en que los Templarios, allá por Febrero de 1.984, conquistaron Madrid, en unión de otros festeros de Caravaca, en unas jornadas organizadas por la Comunidad Autónoma de Murcia con motivo de la Feria Internacional de Turismo. Asimismo, es una época, también, de grandes cenas medievales en el espléndido marco del patio de armas del Castillo.

En el año 1990 se produciría un hecho que llenó, y sigue llenando de orgullo a todo el Temple: La mujer se incorpora a nuestros desfiles. Desde la Junta Directiva se anima y ayuda a un grupo de jóvenes estudiantes caravaqueñas para que bajo la denominación de Grupo Femenino Templario se lancen a la calle en los desfiles y vivan así la fiesta de un modo diferente. Con traje de guerreras y la capa del Temple a la espalda, se lanzan a la calle veintidós templarias con la mente llena de ilusiones. Hoy, transcurridos casi diez años de su existencia, son más de sesenta, y no han parado de crear fiesta en cuanto a vestuario y espectáculo: de los primeros trajes de guerreras, que aún siguen luciendo, han pasado a los vistosos y más femeninos vestidos de damas medievales, que, acompañados de una original coreografía, producen en el espectador una sensación difícil de olvidar.

Con la llegada de la década de los noventa, se produce otro relevo importante en la dirección del grupo. Juan José Avilés, tras seis años mandando nuestras huestes, deja la presidencia, y avalado por su magnífico trabajo, sobre todo en la consolidación de la gente joven en la fiesta, se dispone ahora a acaudillar a las tropas cristianas al frente de la Presidencia de nuestro Bando.

Su testigo sería recogido en 1.990 por un joven templario, que tras forjarse en las sucesivas juntas directivas de su predecesor, alcanzaría su ilusión desde niño de encabezar nuestras filas, pues, no en vano, llevaba toda su vida mamando en su hogar lo que significaba ser Templario: Gonzalo López-Auguy Torres, “Gundiçalvo, Duque de la Torre Auguy”.

Templario de nacimiento y de convicción, desde el primer día se esfuerza en sacar de donde no lo hay el tiempo necesario para idear festejo. Su llegada a la presidencia supone multiplicar todas las actividades del grupo, mejorarlas, ampliarlas, inventar otras nuevas, en definitiva, intentar que todos seamos Templarios cada día del año.

Desde el primer momento, convencido de la fuerza de la gente joven, los involucra al máximo en sus sucesivas juntas directivas. Les dota de responsabilidad, los respalda, hace que se sientan orgullosos de trabajar por el grupo. Desde arriba, la primera generación de Templarios los mira satisfechos de ver como su obra continúa adelante con la misma ilusión que ellos tenían cuarenta años antes. El relevo está servido.

En los cinco años que durará su estancia en la presidencia no dejarán de sucederse hechos en nuestras filas, que, no por recientes en la memoria, sino por importantes en su forma, marcarán a nuestra Orden del Temple.

La llegada de Gonzalo coincide con la incorporación de otro grupo de quince jóvenes, que consolidaría definitivamente en número las huestes templarias. Durante toda la década no cesará el goteo de nuevos miembros que atraídos por lo que significa ser Templario se unen a nuestras filas, hasta superar hoy en día el centenar de componentes.

Muchos de estos nuevos militantes tuvieron sus, casi, primeros bautismos de fuego, en dos salidas de muy grato recuerdo: en septiembre de 1991 la Soberana Orden del Temple participa en el desfile organizado por la Undef en Albaida, y en junio de 1992 tiene el honor de representar a la Novena Area de dicha entidad festera en los actos que tuvieron lugar con motivo de la Exposición Universal de Sevilla en 1.992. De ambas salidas el Temple guarda un magnífico recuerdo.

Ya casi cumplida la tarea de consolidar el número de militantes, se lanza el reto de ampliar nuestro vestuario. Sin olvidar el esplendor que da a nuestros desfiles el traje heráldico, se plantea la posiblidad de realizar otro traje para los desfiles de los días 2 y 3 de Mayo. Obra de Adrián Caparrós Fernández será el diseño de un nuevo traje, que romperá con la tradicional manera de vestir del cristiano caravaqueño. Los terciopelos, los bordados en pedrería, y los metales, que el Temple empezará a mostrar en sus desfiles en 1993, fecha de su treinta y cinco aniversario, aportarán una nueva forma de entender la fiesta, y seguirán asombrando al público por su belleza y elegancia.

Anteriormente, en 1.992, se logra uno de los primeros objetivos de Gonzalo al hacerse cargo del grupo, que no es otro que transformarlo en asociación cultural. De esta forma se consolidaría nuestra denominación de “Soberana Orden del Temple de Caravaca de la Cruz, Asociación Cultural”, y se aprobaban los Estatutos por los que hoy nos regimos, concretándose y reglándose en ellos los objetivos cívicos y culturales que siempre han caracterizado a los Templarios.

Otro hecho importante, de la década de los noventa, consiste en el cambio de escenario de nuestras cenas medievales. De los ágapes a la intemperie en el fastuoso marco del patio de armas del Castillo – que algún disgusto nos trajo en forma de lluvia -, pasamos en 1.994 al recinto de la antigua Iglesia de la Compañía de Jesús, la “Posada de la Compañía”. Y no podíamos haber hecho mejor elección del lugar, pues reúne unas cualidades excepcionales para nuestro evento medieval.

Durante los tres días previos a las cenas, empiezan los trabajos de limpieza, y acondicionamiento del recinto. Para el evento queda irreconocible, totalmente engalanado de telas, escudos y adornos templarios. En éste marco, y durante dos horas, transcurrirán nuestros acostumbrados ritos de investidura y homenaje. Y a fuerza repetir el ritual año tras año – ya llegamos al quinto- cada vez merece más la pena el esfuerzo. Así, se puede entender que los Templarios estemos encariñados con este recinto donde tantas horas de trabajo y de fiesta pasamos. También, el traslado de la fecha de nuestra cena medieval, desde septiembre a marzo, ha hecho que en la mente del caravaqueño esté nuestro acto como el pistoletazo de salida de la prefiesta y como anuncio de lo que sucederá el venidero mes de mayo.

Durante toda ésta década nuestro refugio se ubicaría en la calle Encomienda de Santiago, donde la sucesivas decoraciones que de él se realizan en las noches de abril harán más alegre la estancia en él. Y, así, con la ilusión y trabajo de la gente joven, el refugio Templario adquirirá un nuevo auge, un definitivo despegue; en él se producirá la perfecta simbiosis de la familia templaria, siendo el lugar de concentración y de celebraciones de bailes y galas, y donde en un mismo ambiente se fundirán tres generaciones de Templarios. Hoy, hemos dado un paso atrás en el tiempo, y aceptando la amable oferta de la Peña Campeón, desde 1997 compartimos con ellos su Refugio sito en la calle Cartagena, y que durante algunos años de la década anterior nos dio cobijo.

Y la última muestra de la firme consolidación de la gente joven al frente del grupo será el último de los relevos que, de momento, conocerá la Orden del Temple en su presidencia. Gonzalo cede el bastón de mando a Sebastián Giménez Cayuela en 1.996. “Bastián, Duque de Pont’Sant Inés” se convertirá en nuestro sexto Gran Maestre. Curtido en mil batallas, ya fuera diseñando trajes, ya engalanando el escenario de nuestras cenas medievales, Sebastián, combinará en su figura la ilusión por el trabajo de la gente joven con el espíritu y las costumbres templarias heredadas de los mayores. No en vano, su padre, Alfonso Giménez Sánchez, ya fue en los años setenta nuestro Abanderado.

Con Sebastián, como queda dicho, principal artífice de la puesta en escena de las cenas medievales en la Iglesia de la Compañía, éstas no dejarán de potenciarse. Desde las primeras bailarinas, pasando por los espadachines, fakires e incluso la entrada de algún guerrero a caballo, hasta el reciente Tribunal de la Inquisición – donde con versos y burla se juzga el año festero-, no se ha cesado de crear y ampliar el magnífico repertorio de actos que ofrecer a nuestros comensales.

Además, de la mente y dedal de Bastián saldrá la última prenda en incorporarse al vestuario Templario: un sencillo y original sayo, en color crema y cruces templarias bordadas en granate para lucir en la calurosa mañana del dos de Mayo, atendiendo así a las demandas de la gente joven, que solicita un traje cómodo para esa alegre mañana.

También, de la combinación de las ganas de disfrutar de la gente joven con la necesidad de sentirnos unidos durante todas las fiestas, nacerá una nueva forma de celebrar la tradicional Noche de las Migas. Ya no terminará la fiesta templaria después de la típica cena en el Patio de los Frailes y el baile en el refugio, sino que, guiada por jovenes Templarios, en 1995 nacerá la Peña Miguera “El Cacicazo”, para hacer que la fiesta templaria se extienda por todo el pueblo. Muestra de su éxito fue la consecución en 1997 de la típica “Rasera de Oro” en el Concurso Miguero que se celebra en la primera noche de nuestras fiestas.

Finalizadas las fiestas de 1.997, el Temple, con la coordinación de Gonzalo, constituye la Junta Conmemorativa de su XL Aniversario, que desde ese momento comenzará a organizar todas las celebraciones de tan esperado momento. La primera de ellas sería el gran día en que los Templarios conquistamos Letur, pasando una jornada magnífica disfrutando de un espléndido pueblo. Otra, también inolvidable, fue el día en que celebramos en nuestra Ciudad de la Cruz el I Encuentro Nacional de Grupos y Comparsas Festeras con la denominación de “Templarios”, en el que gentes venidas de todos los rincones de nuestro país nos ayudaron a pasar un encuentro inolvidable. También, con motivo de ese aniversario tan importante el grupo editó una Revista Conmemorativa, un Video titulado “Templarios. 40 años de Historia”, se realizó una nueva versión de la baraja festera en el que se incluyen los nuevos personajes que han tomado el relevo en los destinos de la fiesta, se organizó una exposición de Coronas de Reyes Cristianos y de Historia y Vestuario de nuestro grupo, y un sin fin de actividades más, que contribuyeron a seguir haciendo más consistente nuestra historia e imborrables nuestros recuerdos.

Después de las celebraciones de nuestro XL Aniversario, se produce un nuevo relevo en la Presidencia de la Soberana Orden del Temple. Eduardo Soria Martínez, “Eduvico, Duque de Soria”, tomará el relevo de Bastián durante los dos siguientes años. En estos dos años, además de seguir potenciando las Cenas Medievales con diversas actuaciones y la consolidación del Tribunal de la Inquisición con el que a base de chanzas y buen humor se relaja el Templario tras el yantar, se llevan a cabo dos importantes eventos para nuestro grupo: Se sustituye nuestro antiguo Baucán Templario por uno nuevo, diseño de Rafael Marín, y se compone por el conocido autor caravaqueño Ignacio Sánchez Navarro la marcha “Templarios de Caravaca”, premiada en diversos concursos, y que desde entonces serán dos de nuestras más importantes enseñas festeras a la hora de desfilar.

Tras las fiestas de 2000, se hace cargo de la presidencia del Grupo otro de sus jóvenes componentes, consolidándose así la fuerza de la nueva savia Templaria: Esteban Mata López, “Estevinto, Duque de Cuenta”. En este último año, se realiza por última vez la Cena Medieval en un recinto al que amamos como nuestra casa “La Posada de la Compañía”, pues sus muros serán objeto de restauración para gozo del pueblo de Caravaca, y en las próximas fiestas se producirá otro hecho que nos marcará, sin duda, como cada vez que hemos cambiado de refugio festero: los Templarios se trasladarán desde el local de la “Peña Campeón” hasta la nave de la CIOCen la carretera de Granada; otro cambio que, a buen seguro, nos depararó gratas sorpresas, y desde aquí nos volveríamos a trasladar, esta vez a los Salones Castillo de la Cruz, donde continuaremos hasta hoy.

En cuanto a nuestra intensa relación con el Bando Cristiano que la historia nos ha deparado, durante estos últimos años se ha visto incrementada gratamente, con el acceso a la Presidencia del mismo de otros Templarios de pro, pues en el verano de 1999 se hace cargo de las huestes cristianas Gonzalo López-Auguy Torres, posteriormente Juan Ondoño Martínez en el año 2005 que durante los tres años siguientes, retoma la Presidencia en el Bando jalonando sus años de Presidencia con grandes actos que engrandecerán, aún más si cabe, al Bando que con orgullo integramos, seguidamente en Julio de 2008, Basilio José Piñero continúa en el cargo; también, de las filas de las Damas Templarias nacerá otra gran Reina Cristiana: Alicia García-Serrano Arroyo.

Y así es como, de momento, ha transcurrido lo más importante de la historia de la Soberana Orden del Temple. El futuro quizás nos acoja festeramente con la misma bondad con que lo ha hecho el pasado. Quizás alguien nos transmitirá la continuación de una historia llena de trabajo, esfuerzo e ilusión por nuestras Fiestas y nuestra Cruz, y estará igual de llena de orgullo y satisfacción como ésta. Seguro.